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Con todo y lluvia, miles celebran en el Ángel el triunfo de México ante Corea del Sur

STAFF TeleDiario Ahora Mx / Por: Pamela Córdova S / Por: Redacción / Matrix Digital Mx / Con información: Alexa Córdova S / Ángel Vargas / La Jornada / Ahora Noticias Mx 

Foto: Imagen Ilustrativa / Agencias / Foto: Especial 

Ciudad de México. El Ángel de la Independencia vibra con el festejo por el triunfo de la selección mexicana sobre su similar de Corea, por un gol a cero. Familias enteras y personas de todas las edades, provenientes de diversos puntos de la urbe, se han congregado para dar rienda suelta a su júbilo y áninmo patrio. Las cifras oficiales contabilizan, al filo de las 23 horas, más de 400 mil asistentes. 

Foto: Imagen Ilustrativa / Agencias / Foto: Especial 

No fue necesario que la selección mexicana doblegara a Corea del Sur –como ocurrió a la postre, por un gol a cero–, ni siquiera que el juego diera inicio en el Estadio Akron, para que el Ángel de la Independencia y puntos aledaños, como la Zona Rosa, comenzaran a desbordarse por una marejada humana hambrienta de fiesta. 

Desde al menos tres horas antes de que el balón rodara ayer en la capital jalisciense, una corriente imparable de aficionados fluyó hacia el Paseo de la Reforma, convirtiendo lo que en un principio era un puñado de decenas de personas en cientos, y al paso de los minutos, en un oceáno de varios miles que, sin esperar el resultado deportivo, ya se había adueñado de la glorieta y sus alrededores. 

Ni siquiera la llovizna que comenzó a caer sobre lel lugar, ni la amenaza de un aguacero mayor que se cernía sobre el cielo capitalino –finalmente se desató durante gran parte del segundo tiempo–, lograron amedrentar a esa multitud ansiosa de fiesta y emociones. 

Paseo de la Reforma presentaba un aspecto de día de asueto nacional. Los primeros contingentes, compuestos por familias, grupos de amigos y oficinistas, se apostaron sobre los carriles centrales, que fueron cerrados al tránsito vehícular en sus dos sentidos desde las 4 de la tarde. 

Era una avalancha de varios miles que, expectantes y festivos, aguardaban un resultado favorable para el equipo tricolor, pero más que nada anhelaban dar rienda suelta a una celebración que se presagiaba épica, reminiscente de la ocurrida una semana antes, luego de la victoria sobre Sudáfrica. 

Christian, un joven veintiteañero que se trasladó desde la alcaldía Álvaro Obregón junto con seis compañeros de la universidad, fue uno de esos tantos que llegaron con mucha anticipación para ver el juego en alguno de los bares o antros de la Zona Rosa. Su plan era, una vez sonado el silbatazo final y con el triunfo en la bolsa, encaminarse a El Ángel, para “seguirla hasta morir”. 

Si algo sobraba en este punto de la urbe eran la confianza en la selección nacional, los gritos de “México, México” y las porras. También vendedores ambulantes de playeras, chunches, comida, golosinas y cervezas, que eran vendidas de forma no tan clandestina. Los pronósticos aquí marcaban una victoria de dos o tres goles sobre los Tigres de Oriente. “Corea va probar el chile nacional” se escucharon de forma insistente los cánticos 

Lo que siguió fue un crecimiento exponencial de la masa humana. Las cumbias, el reguetón, las rancheras y el Cielito lindo cantados por la multitud se mezclaban con el sonido ensordecedor de las bocinas tipo estadio y los cláxon de los automovilistas que sonaban en apoyo la escuadra nacional. 

La marea de aficionados no dejaba de crecer. Todos compartían un mismo objetivo: ser parte del ritual y la celebración. Mariana, con las mejillas pintadas de verde, blanco y rojo, confesó entre el gentío por qué prefirió el Ángel a la pantalla, al televisor. “No vine por el juego; vine por esto, por convivir y echar desmadre”. 

La aglomeración de gente dificultó el paso por las calles de la Zona Rosa, en particular sobre Génova y Londres, donde los negocios de comida y bebida operaron al tope de su capacidad. 

Sin embargo, el epicentro de la efervescencia fue el escenario instalado al pie de la glorieta del Ángel. Allí, un equipo de sonido transmitía a todo volumen la narración radiofónica del encuentro, entre el bullicio de esa multitud embebida de orgullo patrio. 

El partido aún no se definía, pero la fiesta, esa que no necesita de pretexto ni del buen tiempo para existir, ya era imparable. Más tardó en darse el silbatazo final en Guadalajara, que en estallar un grito unánime en los bares de la zona: “¡Vámonos al Ángel”. 

Y hacia allá se enfilaron múltiples hordas de aficionados jubilosos para sumarse a los miles mas que allí estaban desde antes y, juntos, disfrutar de un mariachi con El rey de José Alfredo Jiménez, y el Cielito lindo

El festejo apenas empezaba y la noche era larga Al final, el futbol es de quien lo celebra. 

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